Un cuervo sapiens

Ilustración por Vanessa Tremain

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“¡Profeta! – dije -, ¡ser de desdicha! ¡Pájaro o demonio, pero al fin profeta!”

Edgar Allan Poe

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Al sol brillaba, era negro. Su día promedio: picotear, volar, dormir y pensar. ¡Sí, pensar! Para algún lector incrédulo esto supone una extraña situación. Él sabía que sabía pero los otros no sabían que él sabía. Los otros no pensaban. Ellos picoteaban, volaban , dormían y cagaban. Otras muchas cosas les eran naturales según lo que eran.

Era consciente de ser una maldición para esos seres gigantes que tienen dos patas, humanos escuchó que se llamaban. Le molestaba cuando, con absurdos ruidos y movimientos de manos y pies, lo espantaban horrorizados y tenía que dejar lo que estaba haciendo para emprender el vuelo o alejarse brincando rítmicamente. ¿Acaso sería el color de su brillante plumaje?, ¿su graznido?, ¿el pico? Estas eran el tipo de preguntas que se hacía justo antes de girar su cabeza 170 grados, cerrar sus redondos ojos y dormir para luego soñar. (si, ¡también soñaba!).

En ocasiones, cuando estaba en frente de un estanque, espejo o cualquier vidrio, miraba su reflejo, se examinaba, recorría todos los detalles de su corporalidad y reflexionaba mientras graznaba nostálgicamente: ¿quién soy?, ¿qué soy?, ¿Por qué ese halo de negatividad que asusta a los humanos? Pasaban los días y seguía picoteando, volando, durmiendo y pensando.

Era lo que tenía que ser. Nunca fue su culpa. Nació cuervo, cuervo era. Pensaba pero siendo ave de mal agüero moriría. Era negro y al sol brillaba.

Y tú, ¿qué piensas?

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